En los momentos de crisis,
Sólo la imaginación es más importante que el conocimiento.
Albert Einstein
La televisión encendida era hoy, igual que todos los días, su canción de cuna predilecta, no era que la disfrutara o la prefiriera sobre otros sonidos, pero cuando no hay más que escuchar se termina disfrutando lo indisfrutable.
El mundo en el que vivía era pequeño, y pequeñas eran sus pretensiones; en cuatro pasos llegaba de un extremo al otro si lograba salvar el único obstáculo que significaba para él la cama. Sí; sabía lo que era una cama, no así una camilla, la cual había escuchado mencionar alguna vez en una película, pero pese a repetirla diez y cien y mil veces revisando hasta los pixeles más escondidos de la pantalla, nunca había logrado ver una. Sentía gran curiosidad por ver una camilla. Ventana sí tenía, pero una con barrotes dibujada con tiza, arriba de la mesa dibujada con tiza que descansaba mansamente sobre una de las paredes de su cuarto. Un bañito, una alfombra y una puerta, estos sí reales; el baño para mear, le había dicho su padre; la alfombra para sentarse a comer y la puerta que se abría solo para que su padre pasara con la bandeja de la comida y la película de turno; nunca será una película mala, le había dicho cuando era un niño, siempre selecciono las mejores para ti, y le había revuelto el cabello con su mano gigantesca. Ahora, veinticinco años más acá, habiendo salido nunca de su mundo, notaba que trataba de traerle siempre historias en donde no hubiese muchas cosas nuevas, siempre la misma actriz o el mismo actor, siempre en pequeñas ciudades y siempre huyendo de asesinos implacables o catástrofes de inconmensurables dimensiones. Así es el mundo afuera, decía cada vez que entraba en su mundo de cuatro paredes.
Y eso me dijo el día en que, entrando a mi cuarto, caminó extrañamente tomándose el pecho y luego de dos pasos indecisos entre el ir y el venir, se desplomó sobre el filo de mi cama rompiendo sus costillas y escupiendo sangre sobre el piso ya salpicado por la sopa que me traía como todos los días. Luego mis lágrimas y mis vanos intentos por reanimarlo, así como lo había visto en las películas, golpeándolo en el pecho y besándolo en la boca, su partida inevitable que me llegaba para abrirme una puerta que ya estaba abierta tras su cuerpo endurecido por la muerte. También fue inevitable atravesar la puerta, encontrarme con lo que los actores llamaban sala, una gran sala, una gran casa, una cocina como cuatro de mis cuartos, y ventanas, ventanas de verdad, aunque tapiadas con tablones de madera; muchas latas por todas partes, latas de menestras, verduras, kilos y kilos de arroz, máscaras extrañas y el miedo de ver la puerta que daba a lo que debía ser la calle.
Fuera el mundo era real, no estaba lleno de asesinos como me había dicho mi padre, no había una amenaza latente de un holocausto próximo, el mundo estaba lleno de personas y no de personajes, todos más brillantes que en la televisión, más brillantes que en los videos; y el sol, el sol era cegador, implacable, y no el punto amarillo del tamaño de una moneda que veía en mi tele de diecisiete pulgadas. Había perros de diferentes tamaños y colores, paseando a sus dueños con una correa; personas que me veían como si yo viniera de otro planeta, o tal vez era yo el que los veía como si fuesen de otra galaxia, nunca había visto tantos tonos de piel en las personas, mirarlos a los ojos era perderme en un abismo, seguirlos era embriagante; y las mujeres no eran planas como en la pantalla, eran reales, sus senos parecían menos firmes de lo que yo recordaba, pero más grandes y provocativos y, ¿se encuentra bien? y más a mi alcance.
Era la mujer más hermosa que había visto en mi vida, seamos justos, era la primera mujer que había visto en mi vida, me subió en un automóvil y también resultó ser lo más emocionante de mi vida, las calles, las personas y los edificios incluso, pasaban a una velocidad impresionante, ella estaba emocionada casi como si pudiera ver desde mis ojos, pero eso era imposible, no podía ver a través de mis ojos, jamás entendería el placer de sentirlo todo como si fuera nuevo, el sentirlo todo por primera vez. Al llegar al albergue, así era como ella lo llamaba, habló con un tipo extraño vestido con corbata, le dijo algo sobre mí, que me diera ropa, que me cuidara que ella volvería; pero yo no me quería quedar ahí y se lo dije, le conté sobre la muerte de mi padre, sobre mi vida y mi encierro, quiso ir donde estaba el cuerpo, pero yo no sabía en dónde vivía. Tuvo pena, lo sé, y odié su lástima aunque fue esa lástima la que me llevó a su casa, y entonces ahí, casi nada; el contarle cómo me emocionaba ver un florero, las flores, los colores y las texturas, ella con su incansable lucha para entender un poco lo que yo le contaba, olores en la vida olidos, sabores jamás saboreados, cuerpos nunca tocados. Le hablé de la indolencia con que me parecía que vivían todos, su indiferencia hacia todo lo maravilloso que los rodeaba, ella me miraba como si yo fuese un loco, y tal vez sí estaba un poco desquiciado cuando llegando al borde de un clímax de sensaciones, me encontré desnudo y la descubrí desnuda sobre mí, diciéndome al oído que ella no era indolente, que podía sentir, que tenía piel, ojos, oídos y nariz, que le enseñara a sentir como yo sentía, que ella me enseñaría otras cosas, como esto, y como aquello; y con las acciones acompañando sus palabras me hacía esto y aquello y esto otro. Se podría decir que ahí es donde empieza la locura.
Me gustó tenerla, pero me gustó más aún el saber que nunca nadie más la iba a tener, saber que sus breves jadeos terminaron ahogándose en su garganta bajo el peso de mis manos. Cómo me habrá visto ella a través de sus ojos, me preguntaba mientras desprendía los últimos pedazos de piel o venas, o algo así, de sus globos oculares.
Pensé que dentro de su casa se vería todo diferente usando como un visor uno de sus ojos, pero no era así, se veía todo oscuro, sería porque esos ojos ya conocían todo lo que estaban mirando, así que salí a la calle a ver cosas diferentes y entonces escuché los gritos, y vi gente acercándose a mí con mirada de terror, y yo tratando de explicarles que no pasaba nada que al igual que vivir, morir también podía ser disfrutado, que tenía su encanto, y me reía, cómo no reírme, jamás había sido tan feliz en mi vida. ¿Cómo iba a lograr mi padre mantenerme alejado del monstruo de las películas si el monstruo siempre fui yo? ¡Fui yo!, ¡siempre fui yo!, gritaba mientras llegaba la policía.
Una ventana con barrotes en una de las paredes pareciera enmarcar para el que ve desde afuera, si es que alguien puede asomarse a mi ventana, el mundo en el que vivo. Es un mundo pequeño, y pequeñas son mis pretensiones; en cuatro pasos llego de un extremo al otro si logro salvar el único obstáculo que significa para mí la cama. La televisión está ahí, encendida, y mientras la estática espera pacientemente otro vídeo yo me siento a esperar también, disfrutando lo indisfrutable.
viernes, junio 19, 2009
lunes, mayo 18, 2009
SINESTESIA
Empecé a asustarme cuando el cinco habló, lo estaba escribiendo y en vez de quedarse quieto ahí, como siempre, donde lo había dejado, empezó a moverse de una manera extraña: vibraba, saltaba y jugaba dando botes alrededor del uno; era un número cincuenta y uno perfecto hasta que al cinco le dio por bailar, sin embargo el numerito montado por el numerito, valga el juego de palabras, me hacía mucha gracia y hasta me ponía de buen humor incluso podría pensar que empecé a sentir empatía por él, ahí todo regordete sacando orgullosamente la panza me alegraba un poco el día. Ahora que, aceptando, a mis más de setenta y más, que los números no bailan, ni se retuercen, ni buscan caerles bien a nadie, hay que decir que me sentía bastante tonto moviendo mi lápiz al son de la música inexistente que marcaba el paso de mi nuevo amigo; evidentemente no se lo dije a nadie, ni a mi hijo que, acercándose como todas las tardes a ver cómo yo declaraba impuestos que ya no debía declarar, me preguntó el porqué de tanta alegría, solamente recuerdo cosas, hijo, le dije, y aunque se marchó mirándome extrañado, dejó el tema así. Cosa que yo no pude hacer.
Los números empezaron a desdibujarse frente a mí extrañamente, aquella tarde fueron los impuestos, pero luego también mi código de seguro social. En la cola de siempre, mientras esperaba la contribución del estado para mi persona, detrás de muchos, más ancianos que yo, la larga fila de caracteres que formaban mi trece cero nueve noventaicinco siete tres seis uno, se semejaba tanto y tenía para mí más valor aún que las carnes secas que tenían un turno para recoger su bono. Debo admitir que tuve un poco de miedo al ver a cada número tomar una postura ideológica acerca del dinero que recibíamos los ancianos, para mi suerte el cinco estaba ahí hablándome en su muy particular idioma de movimientos de cadera, contándome que todos los de su clase eran así, como los seres humanos, cada uno con su propia manera de pensar y de actuar, bastante resumida en un sistema decimal. Entonces me puse a analizarlos a todos, el dos era bastante retraído, y la cola avanzaba en el camino para cobrar mi plata, el seis súper bonachón, y una anciana se aburría y me cedía el puesto de mala gana, el cero un poco paranoico, pero el que más me llamó la atención fue el uno, porque su carácter era diferente al de los demás, era como el cinco, pero al revés, era malo, lo podía sentir, era muy malo. Aunque el uno me asustaba sobremanera, lo cual comenté con mi amigo cinco, lo nombré dos veces en la ventanilla que me recibía y pareció indiferente a que yo lo usara para cobrar mi dinero, que no me hacía ni más rico ni más pobre, pero qué más iba a hacer yo toda la mañana.
Las cosas no iban mal, aunque había empezado a darme más cuenta de muchas cosas que antes no percibía bien; por ejemplo, antes de cruzar la calle, veía el semáforo y el color rojo me gritaba detente no cruces con una voz autoritaria, y el verde me decía pasa tranquilo, y no era algo mental, porque de verdad tenían voces, los colores me decían qué querían, claro que tampoco es que escuchara muy bien, había perdido un poco el oído, pero sí escuchaba, ¡sí los escuchaba!, y entonces me descubría gritando en el medio de la sala, en casa de mi hijo mientras él intercambiaba miradas con su esposa, y eran miradas de preocupación, se preocupaban por mí, pero yo no me preocupaba por mí… me preocupaba por cinco, que…
-…el cinco está preocupado, nunca pensé que la senilidad llegara tan pronto, ni tan brutalmente, dios… y si es hereditaria, estoy frito.
-No creo que sea algo por lo que debas preocuparte ahora, querido.
-Puta madre, cómo no voy a preocuparme… lo que deba preocuparme, lo que deba preocuparme es también tu asunto, ¿no viste cómo el viejo estaba revisando sus putos estados de cuenta y sus impuestos de hace más de treinta años?, ¿qué no comprendes nada?
-Bueno, sólo quería que volvieras a la cama, no tienes porqué ponerte así.
-¿Es que de verdad no entiendes nada?, no te das cuenta de que…
¿De qué manera fui a parar ahí?, estaba dormido abrazando el boleto de lotería que terminaba en cinco y comenzaba en cinco y de repente estaba acá, cerca del umbral de la puerta escuchando cómo mi hijo gritaba en silencio, si es que eso se puede, y movía los brazos como desaforado, yo me asusté, me asusté mucho porque entonces comprobé cuán cierto era lo que los números me decían. Así que volví sobre mis pasos y me acosté nuevamente esperando nada más el siguiente día, con los ojos bien abiertos tal y como me lo aconsejaron y con las lágrimas contenidas por un boleto que nunca ganaría nada.
El otro día con sus buenos días papá, yo con mis cuentas y mi hijo queriendo saber cada vez el porqué de mi interés por las viejas facturas, los números bailando frente a mí y el uno cada vez más violento, perseguía a cinco por una extraña razón y mi amigo rehuía su compañía; yo trataba siempre de ponerlos separados, aunque a veces las cuentas me obligaban a tenerlos juntos. Deja esas cuentas papá y cinco confesándome su amor por seis, mi buena voluntad de dejarlos solos una tarde en un sesenta y cinco perfecto, sobre una hoja de papel como una cama para ellos, ningún número más antes o después, sólo ellos. Y esa caminata que me hizo ver más de lo que yo quería.
El hombrecito verde del semáforo saltando de su trono arriba de nuestras cabezas y caminando conmigo mientras me contaba del smog y del tránsito, y su pequeño tumor en el pulmón derecho, esas ganas de retirarse e ir a vivir a las montañas con la mujercita roja que trabajaba con él, yo nunca supe que el rojo era una mujer le dije, sus sueños de tener niños del color del arcoíris y mis lágrimas saliendo sin control, mi boca confesándole más de lo que debía; mi mujer era lo que yo más amaba, si hubiese tenido los recursos suficientes jamás hubiera muerto, pero sí los tenía, un imperio gigantesco construido desde que tenía memoria, pero nunca alcanzaba el dinero, mi hijo diciéndome que la muerte en su estado era inevitable, que no debería dilapidar toda mi fortuna tratando de salvar lo insalvable, pero sí era evitable, sí era salvable, el doctor me lo dijo, sólo hacían falta varios tratamientos más, tratamientos que pude haber pagado pero no pude, y ¿porqué no pudiste? me preguntó el hombrecillo verde; pues nunca lo supe, simplemente se me acabó el dinero y con él la vida de mi esposa.
Regresé a casa, más triste y más solo que nunca, caminé hacia mi silla y hacia mis cuentas y hacia mi amigo que a estas alturas habría disfrutado todo lo que a mí me fue negado. La gran mancha de tinta roja sobre el papel me sobresaltó, cinco estaba salpicado y lloraba en una esquina y seis… seis estaba, estaba muerta. Uno lo hizo, fue lo único que alcanzó a decir cinco. Entonces agarré cada cuenta donde encontré a uno riéndose, y con una indignación desbocada y con la única venganza que tendría sobre la muerte, empecé a gritar ¡Tú la mataste! Mientras tachaba todos los unos ¡Tú la mataste! Mientras veía a mi hijo entrar a la sala y taparme la boca ¡cállate, maldito viejo!, ¡cállate!, ¡la mataste!, y escucharlo marcar un teléfono sabiendo que era la oportunidad que había esperado tanto tiempo, ¡Tú la mataste!, y ver llegar al lechero que me metía luego en un camión acolchado. Y entonces la certeza absoluta de haber tenido el dinero para salvar a mi esposa y el único hijo que tuve, que ya jamás sería mi hijo de nuevo, sonriendo, el uno sonriendo mientras el camión de la leche me llevaba lejos del miedo absurdo de que descubriera lo que yo había descubierto ya.
Los números empezaron a desdibujarse frente a mí extrañamente, aquella tarde fueron los impuestos, pero luego también mi código de seguro social. En la cola de siempre, mientras esperaba la contribución del estado para mi persona, detrás de muchos, más ancianos que yo, la larga fila de caracteres que formaban mi trece cero nueve noventaicinco siete tres seis uno, se semejaba tanto y tenía para mí más valor aún que las carnes secas que tenían un turno para recoger su bono. Debo admitir que tuve un poco de miedo al ver a cada número tomar una postura ideológica acerca del dinero que recibíamos los ancianos, para mi suerte el cinco estaba ahí hablándome en su muy particular idioma de movimientos de cadera, contándome que todos los de su clase eran así, como los seres humanos, cada uno con su propia manera de pensar y de actuar, bastante resumida en un sistema decimal. Entonces me puse a analizarlos a todos, el dos era bastante retraído, y la cola avanzaba en el camino para cobrar mi plata, el seis súper bonachón, y una anciana se aburría y me cedía el puesto de mala gana, el cero un poco paranoico, pero el que más me llamó la atención fue el uno, porque su carácter era diferente al de los demás, era como el cinco, pero al revés, era malo, lo podía sentir, era muy malo. Aunque el uno me asustaba sobremanera, lo cual comenté con mi amigo cinco, lo nombré dos veces en la ventanilla que me recibía y pareció indiferente a que yo lo usara para cobrar mi dinero, que no me hacía ni más rico ni más pobre, pero qué más iba a hacer yo toda la mañana.
Las cosas no iban mal, aunque había empezado a darme más cuenta de muchas cosas que antes no percibía bien; por ejemplo, antes de cruzar la calle, veía el semáforo y el color rojo me gritaba detente no cruces con una voz autoritaria, y el verde me decía pasa tranquilo, y no era algo mental, porque de verdad tenían voces, los colores me decían qué querían, claro que tampoco es que escuchara muy bien, había perdido un poco el oído, pero sí escuchaba, ¡sí los escuchaba!, y entonces me descubría gritando en el medio de la sala, en casa de mi hijo mientras él intercambiaba miradas con su esposa, y eran miradas de preocupación, se preocupaban por mí, pero yo no me preocupaba por mí… me preocupaba por cinco, que…
-…el cinco está preocupado, nunca pensé que la senilidad llegara tan pronto, ni tan brutalmente, dios… y si es hereditaria, estoy frito.
-No creo que sea algo por lo que debas preocuparte ahora, querido.
-Puta madre, cómo no voy a preocuparme… lo que deba preocuparme, lo que deba preocuparme es también tu asunto, ¿no viste cómo el viejo estaba revisando sus putos estados de cuenta y sus impuestos de hace más de treinta años?, ¿qué no comprendes nada?
-Bueno, sólo quería que volvieras a la cama, no tienes porqué ponerte así.
-¿Es que de verdad no entiendes nada?, no te das cuenta de que…
¿De qué manera fui a parar ahí?, estaba dormido abrazando el boleto de lotería que terminaba en cinco y comenzaba en cinco y de repente estaba acá, cerca del umbral de la puerta escuchando cómo mi hijo gritaba en silencio, si es que eso se puede, y movía los brazos como desaforado, yo me asusté, me asusté mucho porque entonces comprobé cuán cierto era lo que los números me decían. Así que volví sobre mis pasos y me acosté nuevamente esperando nada más el siguiente día, con los ojos bien abiertos tal y como me lo aconsejaron y con las lágrimas contenidas por un boleto que nunca ganaría nada.
El otro día con sus buenos días papá, yo con mis cuentas y mi hijo queriendo saber cada vez el porqué de mi interés por las viejas facturas, los números bailando frente a mí y el uno cada vez más violento, perseguía a cinco por una extraña razón y mi amigo rehuía su compañía; yo trataba siempre de ponerlos separados, aunque a veces las cuentas me obligaban a tenerlos juntos. Deja esas cuentas papá y cinco confesándome su amor por seis, mi buena voluntad de dejarlos solos una tarde en un sesenta y cinco perfecto, sobre una hoja de papel como una cama para ellos, ningún número más antes o después, sólo ellos. Y esa caminata que me hizo ver más de lo que yo quería.
El hombrecito verde del semáforo saltando de su trono arriba de nuestras cabezas y caminando conmigo mientras me contaba del smog y del tránsito, y su pequeño tumor en el pulmón derecho, esas ganas de retirarse e ir a vivir a las montañas con la mujercita roja que trabajaba con él, yo nunca supe que el rojo era una mujer le dije, sus sueños de tener niños del color del arcoíris y mis lágrimas saliendo sin control, mi boca confesándole más de lo que debía; mi mujer era lo que yo más amaba, si hubiese tenido los recursos suficientes jamás hubiera muerto, pero sí los tenía, un imperio gigantesco construido desde que tenía memoria, pero nunca alcanzaba el dinero, mi hijo diciéndome que la muerte en su estado era inevitable, que no debería dilapidar toda mi fortuna tratando de salvar lo insalvable, pero sí era evitable, sí era salvable, el doctor me lo dijo, sólo hacían falta varios tratamientos más, tratamientos que pude haber pagado pero no pude, y ¿porqué no pudiste? me preguntó el hombrecillo verde; pues nunca lo supe, simplemente se me acabó el dinero y con él la vida de mi esposa.
Regresé a casa, más triste y más solo que nunca, caminé hacia mi silla y hacia mis cuentas y hacia mi amigo que a estas alturas habría disfrutado todo lo que a mí me fue negado. La gran mancha de tinta roja sobre el papel me sobresaltó, cinco estaba salpicado y lloraba en una esquina y seis… seis estaba, estaba muerta. Uno lo hizo, fue lo único que alcanzó a decir cinco. Entonces agarré cada cuenta donde encontré a uno riéndose, y con una indignación desbocada y con la única venganza que tendría sobre la muerte, empecé a gritar ¡Tú la mataste! Mientras tachaba todos los unos ¡Tú la mataste! Mientras veía a mi hijo entrar a la sala y taparme la boca ¡cállate, maldito viejo!, ¡cállate!, ¡la mataste!, y escucharlo marcar un teléfono sabiendo que era la oportunidad que había esperado tanto tiempo, ¡Tú la mataste!, y ver llegar al lechero que me metía luego en un camión acolchado. Y entonces la certeza absoluta de haber tenido el dinero para salvar a mi esposa y el único hijo que tuve, que ya jamás sería mi hijo de nuevo, sonriendo, el uno sonriendo mientras el camión de la leche me llevaba lejos del miedo absurdo de que descubriera lo que yo había descubierto ya.
viernes, febrero 20, 2009
Siempre Ana
Y ahí estaba su piel y yo preguntándome, ahora no recuerdo si en voz alta o para mi mismo, cómo podría describirla sin que pareciera papel, o cielo o nubes, o alguna común alegoría de amantes desentendidos. Y ahí estaba ella, y en sus ojos estaban todas, respondiéndome con una sonrisa a la pregunta que ahora me doy cuenta que hice. Las sábanas pegadas al cuerpo y su mirada mientras mis ojos buscaban el blanco del cielo raso y en qué piensas, pienso en cómo describir tu piel. Y su sonrisa. El ver su cuerpo perfecto y desnudo mientras buscaba su ropa interior y toda la parafernalia que acompañaba sus movimientos me devolvieron un poco a la realidad de que no fuera ella. Viéndola arrimarse la sábana que se ceñía como un vestido de rayas a su cuerpo, con ese pudor absurdo de guardar sus pechos y su pubis a mis ojos, viéndola caminar despacio, descubriendo, como quien no lo planea, uno de sus hombros y el inicio de su seno y el pezón que se erguía reclamándome, luego la luz amarilla del foco y ella desapareciendo dejando tras de sí esa línea horizontal bajo la puerta, no pude evitar compararla con Ana, con su falta de sexualidad casi infantil, con su papel higiénico en el velador y luego su mano limpiándose el vientre en el medio de la cama, limpiando todo el semen que pudiera haber manchado su colchón, no pude evitar comparar ese momento tan diferente luego del sexo, con ella no había caminatas sensuales rumbo al baño, sino ese acostumbrado silencio adornado con los mediocres suspiros afterparty, la caminata se convertía en un acompáñame y perdamos la magia, en un tengo que lavarme abre la ducha. Y sin embargo.
Ahora yo esperando a esa otra mujer desaparecida bajo un halo de luz amarillo, a esa otra mujer que minutos antes se había dormido sobre mi pecho sin importarle sus fluidos ni los míos, sin importarle el sudor ni el calor de mi cuerpo que debía parecer un horno, y yo sin poder evitar las comparaciones. No me toques que estás sudado o muy caliente o primero voy a al ducha o durmamos un poco. Esas malditas comparaciones porque maldita sea si la amaba tanto porqué hoy con otra y mañana con otra y pasado con otra, y la respuesta casi inmediata de un subconsciente cada vez más consciente, es que esta sí pero ella no, es que la de mañana me hace esto y ella no, es que la del jueves es más permisiva y ella no, y es que todas esas días de la semana se presentaban frente a mi sin ningún tipo de egoísmo, sin ese egoísmo para con ellas mismas por que por dios que buscaban complacerse, pero a mi también, a mi también querían complacerme, antes durante o después de ellas haber alcanzado lo inalcanzable. Y entonces el amor. Yo no amaba a ninguna, aunque ellas parecían siempre amarme, o tal vez era yo confundiendo esa entrega absoluta sin miramientos ni remordimientos, tratando de ponerle un nombre a ese ir y venir indistinto de sus cuerpos desnudos. La puerta abriéndose y en mis ojos uno de esos cuerpos, esos ojos grandes que antes y ahora y después me verían con deseo, la domingo tumbándose a mi lado y yo abrazándola, imaginando que sus pechos eran de ella, imaginando que su boca era esa ya tan conocida, cerrando los ojos e imaginándola conmigo, imaginando que su nombre era siempre Ana. Luego la ropa, un hasta pronto, llámame en plenilunio, la lluvia fuera en un día que prometía ser eterno, la llegada a mi apartamento, el escribir un nuevo cuento porque el cierre de la edición estaba cerca, inventarme entonces que no me iba nunca de la casa de mi amante de domingo por que ella me conservaba como un esclavo sexual, con ese gran grillete en el cuello, ese pesado grillete que acababa matándome cuatro páginas después, el nombre de la protagonista que llevaría a mis lectores hasta el final, nunca el nombre de la de turno sino el de Ana, porque rítmicamente funcionaba, porque luego era cuestión de reemplazarlo por otro que tuviera un tono parecido y porque la amaba, aunque ya nunca me hacía el desayuno, aunque la rutina se había apoderado de mi vida, aunque sobre esa pequeña línea que separaba al sexo del amor se mecía todo el desamor y el descuido que caben en diez años, era siempre su nombre, pero ella ya no pasaba en casa, como hoy.
La impresora con su ruido devolviéndome a la realidad de haber terminado de escribir, las páginas llenas de tinta y de historias absurdas y yo rogando que esta vez ella leyera el libro, que encontrara las coincidencias, descifrara los parecidos, uniera con cabos esas pequeñas fronteras que separaban mi realidad de mis cuentos; otra vez yo esperando que ella completara un rompecabezas sin la foto de la caja y otra vez Ana ignorando las piezas.
La media mañana y los cigarrillos, el medio día y el almuerzo, la media tarde y yo caminando hacia el centro, escapando al menos un poco de tener que estar en casa esperando a la ausente que como todas las noches dormiría fuera, dormiría con él seguramente, con ese yo que no fui yo, pero que pude haber sido; también ella tenía derecho a tener sus amantes porque si a mi me faltaba esa chispa de sadismo y lujuria que me brindaban otras, a ella le faltaba un poco lo mismo, le faltaba que cuando dijera más despacio le taparan la boca y la penetraran con fuerza sin importarles nada, a ella le faltaba el tufo de alcohol, el olor a imbécil que en mí jamás iba a encontrar, necesitaba a alguien que no la amara, a alguien que no representara el peligro del hasta que la muerte los separe, el peligro del enamoramiento; así que yo se lo permitía. Y no era algo que me costara mucho, los celos estaban muertos hacía tiempo.
Entonces la vi cruzando la calle, con su amante y mis pies yendo por el mismo camino, siguiéndola sin acercarme demasiado, dejándola doblar todas las esquinas, adelantarse a todos los semáforos, dejándola besarse largamente frente a un portal y bajo un paraguas, empapándome bajo la lluvia para luego acercarme torpemente y tocarla en el hombro esperando la mirada de reconocimiento que no tardó en llegar, la sorpresa en sus ojos, su hermosa sonrisa, un libro saliendo de su bolso y yo estampando mi firma en una foto de portada para mí tan conocida, autografiando con mi nombre una pasta blanda para una perfecta extraña. Luego el café en el café más cercano, la palabrería absurda del cómo nacían las ideas para los cuentos, la seguridad de que ella aparecería en alguno, muy pronto. La noche y el agua aún sobre nosotros; fue amable y me acompañó al apartamento con el paraguas antes compartido con el que me había asegurado era sólo su amigo; sus ojos tan de Ana y su boca tan parecida la llevaron a mi cama, me excusé del desorden como si fuera un chiquillo, nos desnudamos lentamente disfrutando cada prenda que caía fuera o dentro del colchón, y al ver sus pechos liberados del sujetador, el descubrimiento casi automático de los senos de Ana, el color de la piel, las pecas en la nariz, esos hombros menuditos y la alfombra casi transparente de vellos oscuros que cubrían toda su espalda y su vientre, era ella casi o totalmente, la una fundida en la otra con la misma sonrisa infantil pero con el matiz de la lujuria en la mirada, con la boca llena de deseo queriendo ser llenada por mí, el vaivén de su cabeza bajo mi ombligo, el movimiento rítmico y acompasado del que inventa algo nuevo con cuidado y entonces no era, pero luego limpiándose con el envés de la mano la saliva que mojaba la comisura de sus labios y trepando por mi pecho hasta llegar a mi boca y plantarme un beso, y entonces sí era.
A la madrugada era de nuevo la amante de turno abrazada a mi sin importarle nada, la del lunes, la del martes, la del continuo ir y venir de los días; sólo que esa noche no la quería durmiendo conmigo, me levanté en silencio y llamé un taxi, veinte minutos y contando, entré a mi cuarto y encendí la luz buscando despertarla, cuando se dio la vuelta ya no vi a la desconocida del paraguas en el centro, sino a mi mujer, idéntica, volteada sobre el colchón con el torso medio desnudo; porqué tenía que parecerse tanto. -Vete ,que puede llegar mi esposa- le dije cerrando los ojos para no verla tanto -¿Tu esposa?- Preguntó ella confundida y aún dormida, -leí sobre ella, sí, pero- Le dije de nuevo que se fuera y ella seguía con la misma mirada de perplejidad, balbuceando palabras a medias, entonces me acerqué y la abracé, le dije que se tranquilizara, no era su culpa a fin de cuentas, todo estaría bien, yo sabía que me engañaba, sabía de sus salidas con otro, sabía que se había aburrido de mi y de que fuera tan bueno, tan dulce y tan condescendiente con ella. Aún notaba el sueño en sus ojos y se los besé, luego besé su cuello -espera, no entiendo- aparté las sábanas y quedó desnuda; el mismo cuerpo, la misma hora, su mismo miedo -tengo que irme, déjame ir por favor- y yo diciéndole ahora que no se fuera que esta vez no tendría excusas, que yo iba a ser el que le tapara la boca y la penetrara con fuerza sin importarle nada, el del tufo alcoholizado, el del olor a imbécil -estás loco, ¡déjame ir!- Y lloraba -¡déjame ir, te lo ruego!- pero a mi no me importaba que llorara y, como un inmenso deja vú, la violé mientras el claxon del taxi sonaba intermitentemente, le tapé la boca como el día en que se fue, la penetré con violencia, le grité mil veces que debía haber sido más caliente, más entregada, más sexual, porque así yo no hubiera tenido que buscar otras mujeres; y, mientras sentía la languidez de sus músculos bajo mi cuerpo, terminé dentro de ella y descubrí en su mirada, ahora congelada en un punto indefinido, lo mismo que descubrí la noche en que se fue: estaba solo. Cargué con el cuerpo de nuevo, lo quebré con cuidado hasta que cupo en nuestra maleta grande de viaje, aquella en la que Ana viajó sola la última vez, y la metí en la caja del ascensor, luego el carro, el viaje a las afueras, la pala, la tierra, y un regreso bajo la lluvia rumbo a casa, a esperar la llegada de Ana.
Ahora yo esperando a esa otra mujer desaparecida bajo un halo de luz amarillo, a esa otra mujer que minutos antes se había dormido sobre mi pecho sin importarle sus fluidos ni los míos, sin importarle el sudor ni el calor de mi cuerpo que debía parecer un horno, y yo sin poder evitar las comparaciones. No me toques que estás sudado o muy caliente o primero voy a al ducha o durmamos un poco. Esas malditas comparaciones porque maldita sea si la amaba tanto porqué hoy con otra y mañana con otra y pasado con otra, y la respuesta casi inmediata de un subconsciente cada vez más consciente, es que esta sí pero ella no, es que la de mañana me hace esto y ella no, es que la del jueves es más permisiva y ella no, y es que todas esas días de la semana se presentaban frente a mi sin ningún tipo de egoísmo, sin ese egoísmo para con ellas mismas por que por dios que buscaban complacerse, pero a mi también, a mi también querían complacerme, antes durante o después de ellas haber alcanzado lo inalcanzable. Y entonces el amor. Yo no amaba a ninguna, aunque ellas parecían siempre amarme, o tal vez era yo confundiendo esa entrega absoluta sin miramientos ni remordimientos, tratando de ponerle un nombre a ese ir y venir indistinto de sus cuerpos desnudos. La puerta abriéndose y en mis ojos uno de esos cuerpos, esos ojos grandes que antes y ahora y después me verían con deseo, la domingo tumbándose a mi lado y yo abrazándola, imaginando que sus pechos eran de ella, imaginando que su boca era esa ya tan conocida, cerrando los ojos e imaginándola conmigo, imaginando que su nombre era siempre Ana. Luego la ropa, un hasta pronto, llámame en plenilunio, la lluvia fuera en un día que prometía ser eterno, la llegada a mi apartamento, el escribir un nuevo cuento porque el cierre de la edición estaba cerca, inventarme entonces que no me iba nunca de la casa de mi amante de domingo por que ella me conservaba como un esclavo sexual, con ese gran grillete en el cuello, ese pesado grillete que acababa matándome cuatro páginas después, el nombre de la protagonista que llevaría a mis lectores hasta el final, nunca el nombre de la de turno sino el de Ana, porque rítmicamente funcionaba, porque luego era cuestión de reemplazarlo por otro que tuviera un tono parecido y porque la amaba, aunque ya nunca me hacía el desayuno, aunque la rutina se había apoderado de mi vida, aunque sobre esa pequeña línea que separaba al sexo del amor se mecía todo el desamor y el descuido que caben en diez años, era siempre su nombre, pero ella ya no pasaba en casa, como hoy.
La impresora con su ruido devolviéndome a la realidad de haber terminado de escribir, las páginas llenas de tinta y de historias absurdas y yo rogando que esta vez ella leyera el libro, que encontrara las coincidencias, descifrara los parecidos, uniera con cabos esas pequeñas fronteras que separaban mi realidad de mis cuentos; otra vez yo esperando que ella completara un rompecabezas sin la foto de la caja y otra vez Ana ignorando las piezas.
La media mañana y los cigarrillos, el medio día y el almuerzo, la media tarde y yo caminando hacia el centro, escapando al menos un poco de tener que estar en casa esperando a la ausente que como todas las noches dormiría fuera, dormiría con él seguramente, con ese yo que no fui yo, pero que pude haber sido; también ella tenía derecho a tener sus amantes porque si a mi me faltaba esa chispa de sadismo y lujuria que me brindaban otras, a ella le faltaba un poco lo mismo, le faltaba que cuando dijera más despacio le taparan la boca y la penetraran con fuerza sin importarles nada, a ella le faltaba el tufo de alcohol, el olor a imbécil que en mí jamás iba a encontrar, necesitaba a alguien que no la amara, a alguien que no representara el peligro del hasta que la muerte los separe, el peligro del enamoramiento; así que yo se lo permitía. Y no era algo que me costara mucho, los celos estaban muertos hacía tiempo.
Entonces la vi cruzando la calle, con su amante y mis pies yendo por el mismo camino, siguiéndola sin acercarme demasiado, dejándola doblar todas las esquinas, adelantarse a todos los semáforos, dejándola besarse largamente frente a un portal y bajo un paraguas, empapándome bajo la lluvia para luego acercarme torpemente y tocarla en el hombro esperando la mirada de reconocimiento que no tardó en llegar, la sorpresa en sus ojos, su hermosa sonrisa, un libro saliendo de su bolso y yo estampando mi firma en una foto de portada para mí tan conocida, autografiando con mi nombre una pasta blanda para una perfecta extraña. Luego el café en el café más cercano, la palabrería absurda del cómo nacían las ideas para los cuentos, la seguridad de que ella aparecería en alguno, muy pronto. La noche y el agua aún sobre nosotros; fue amable y me acompañó al apartamento con el paraguas antes compartido con el que me había asegurado era sólo su amigo; sus ojos tan de Ana y su boca tan parecida la llevaron a mi cama, me excusé del desorden como si fuera un chiquillo, nos desnudamos lentamente disfrutando cada prenda que caía fuera o dentro del colchón, y al ver sus pechos liberados del sujetador, el descubrimiento casi automático de los senos de Ana, el color de la piel, las pecas en la nariz, esos hombros menuditos y la alfombra casi transparente de vellos oscuros que cubrían toda su espalda y su vientre, era ella casi o totalmente, la una fundida en la otra con la misma sonrisa infantil pero con el matiz de la lujuria en la mirada, con la boca llena de deseo queriendo ser llenada por mí, el vaivén de su cabeza bajo mi ombligo, el movimiento rítmico y acompasado del que inventa algo nuevo con cuidado y entonces no era, pero luego limpiándose con el envés de la mano la saliva que mojaba la comisura de sus labios y trepando por mi pecho hasta llegar a mi boca y plantarme un beso, y entonces sí era.
A la madrugada era de nuevo la amante de turno abrazada a mi sin importarle nada, la del lunes, la del martes, la del continuo ir y venir de los días; sólo que esa noche no la quería durmiendo conmigo, me levanté en silencio y llamé un taxi, veinte minutos y contando, entré a mi cuarto y encendí la luz buscando despertarla, cuando se dio la vuelta ya no vi a la desconocida del paraguas en el centro, sino a mi mujer, idéntica, volteada sobre el colchón con el torso medio desnudo; porqué tenía que parecerse tanto. -Vete ,que puede llegar mi esposa- le dije cerrando los ojos para no verla tanto -¿Tu esposa?- Preguntó ella confundida y aún dormida, -leí sobre ella, sí, pero- Le dije de nuevo que se fuera y ella seguía con la misma mirada de perplejidad, balbuceando palabras a medias, entonces me acerqué y la abracé, le dije que se tranquilizara, no era su culpa a fin de cuentas, todo estaría bien, yo sabía que me engañaba, sabía de sus salidas con otro, sabía que se había aburrido de mi y de que fuera tan bueno, tan dulce y tan condescendiente con ella. Aún notaba el sueño en sus ojos y se los besé, luego besé su cuello -espera, no entiendo- aparté las sábanas y quedó desnuda; el mismo cuerpo, la misma hora, su mismo miedo -tengo que irme, déjame ir por favor- y yo diciéndole ahora que no se fuera que esta vez no tendría excusas, que yo iba a ser el que le tapara la boca y la penetrara con fuerza sin importarle nada, el del tufo alcoholizado, el del olor a imbécil -estás loco, ¡déjame ir!- Y lloraba -¡déjame ir, te lo ruego!- pero a mi no me importaba que llorara y, como un inmenso deja vú, la violé mientras el claxon del taxi sonaba intermitentemente, le tapé la boca como el día en que se fue, la penetré con violencia, le grité mil veces que debía haber sido más caliente, más entregada, más sexual, porque así yo no hubiera tenido que buscar otras mujeres; y, mientras sentía la languidez de sus músculos bajo mi cuerpo, terminé dentro de ella y descubrí en su mirada, ahora congelada en un punto indefinido, lo mismo que descubrí la noche en que se fue: estaba solo. Cargué con el cuerpo de nuevo, lo quebré con cuidado hasta que cupo en nuestra maleta grande de viaje, aquella en la que Ana viajó sola la última vez, y la metí en la caja del ascensor, luego el carro, el viaje a las afueras, la pala, la tierra, y un regreso bajo la lluvia rumbo a casa, a esperar la llegada de Ana.
sábado, enero 17, 2009
Ahora
Muchas veces, volviendo a casa, tomada de tu mano y amándote, ahora digo amándote aunque me doy cuenta de que era una burla nuestra relación, una pseudorelación, me soñé tu esposa y nos soñé con hijos, y eso que nunca fue una de mis metas concretas tener una familia o ser madre; contigo cambié todos mis paradigmas y muchos de mis principios, aunque mis finales siempre eran el mismo, la soledad era mi final, estar sola como ese perro que ahora me acompaña sin ninguna razón a medida que me encamino hacia mi nueva casa y nueva porque me cansé de que me buscaras, de que fueras tan violento, de que me tomaras a la fuerza y me besaras torpemente cada vez que miraba hacia otro lado creyendo que miraba a otro.
Ya no puedo acordarme de las cosas buenas que estoy segura que tuviste, porque hoy, como ningún otro día, cuando recuerdo cuánto mal me hiciste, me asaltan la memoria todos tus defectos y me ahoga el simple hecho de recordarte a mi lado y el hecho de pensar que desperdicié mi vida al lado de un cerdo como tu.
Ahora vivo a pocos pasos del trabajo, puedo caminar hacia allá, sola, decidir cómo y con quién volver a mi apartamento, recuerdo que siempre insistías en acompañarme a casa hasta ya entrada la noche porque te interesaba mi seguridad; y puede que haya sido cierto o al menos lo creí hasta esa tarde en la que, caminando por la vereda que llevaba a mi casa, te inventaste una de tus tantas historias acerca de mis infidelidades y de mi manera de prostituirme con mis amigos y me golpeaste, primero fue una bofetada y al querer responderte, ese golpe que me asestaste en el estómago, ese que me arrebató el aire, la consciencia y a mi hijo, a nuestro hijo, ese golpe por el que estuve escupiendo sangre tantos días, días en los que me cuidaste, y me pediste perdón incontables veces. Pero ahora veo claramente; no podías interesarte en cuidar ni amar a nadie porque no te querías ni respetabas un poco a ti mismo, no te importaba que yo viviera lejos ni que eran 8 cuadras de un estrés constante de mirar en cada esquina oscura cuidándonos de asaltantes o violadores, mi barrio nunca fue bueno, y tú lo sabías pero te importaba tan poco que preferías no tomar un bus y menos un taxi.
Y cuando llegaba tarde era siempre tu culpa, contigo sí me sentía la puta que me creías, nos veíamos en tu apartamento y sólo te importaba que yo estuviera dispuesta a hacer cualquier cosa contigo, chúpamela decías, o ábrete el culo que hoy te voy a reventar, y eso es lo que hacías, me hacías daño, siempre y nunca te dije nada, ¡que ciega fui! y ¡Qué egoísta eres! Me arrepiento tanto de haber estado contigo.
¿Por qué no podías dejarme en paz? ¿Porqué yo no podía dejarte? ¿Qué fuerza sobrehumana me retenía a tu lado? ¿Porqué no puedo respirar? Y porqué los ojos se me llenan de lágrimas, porqué me sorbo los mocos y porqué abro los ojos para verte a ti arrodillado a mi lado, pidiéndome las eternas disculpas, con tu no quise golpearte tan fuerte mi amor, dios mío pensé que ya estabas muerta, estabas hablando de tantas cosas que ya pasaron hace tanto tiempo, qué bueno que estás aquí de vuelta conmigo, nunca más volveré a golpearte; pero me has golpeado toda la vida, y el perro que me acompañaba sí era perro, el nuestro, que lamía la sangre que corre del lado izquierdo de mi cabeza, y ese nuestro suena ya tan ajeno al tiempo en que permanezco inmóvil y desnuda en una esquina de nuestra habitación, delirando como tantas otras veces, pero no es como las otras veces, esta vez es diferente, esta vez me separo de ti a tiempo, esta vez la historia cambia y no vuelvo a verte nunca más, cambio de casa y camino al trabajo, tengo una vida normal, por fin logro escapar de ti, aunque sostengas mi cabeza pidiéndome que no muera, jurando no levantarme la mano jamás, ahora es distinto porque un manto gris va cubriendo mis ojos y me va llevando de tu lado, ahora podré estar sola, como en todos mis finales, ahora.
Ya no puedo acordarme de las cosas buenas que estoy segura que tuviste, porque hoy, como ningún otro día, cuando recuerdo cuánto mal me hiciste, me asaltan la memoria todos tus defectos y me ahoga el simple hecho de recordarte a mi lado y el hecho de pensar que desperdicié mi vida al lado de un cerdo como tu.
Ahora vivo a pocos pasos del trabajo, puedo caminar hacia allá, sola, decidir cómo y con quién volver a mi apartamento, recuerdo que siempre insistías en acompañarme a casa hasta ya entrada la noche porque te interesaba mi seguridad; y puede que haya sido cierto o al menos lo creí hasta esa tarde en la que, caminando por la vereda que llevaba a mi casa, te inventaste una de tus tantas historias acerca de mis infidelidades y de mi manera de prostituirme con mis amigos y me golpeaste, primero fue una bofetada y al querer responderte, ese golpe que me asestaste en el estómago, ese que me arrebató el aire, la consciencia y a mi hijo, a nuestro hijo, ese golpe por el que estuve escupiendo sangre tantos días, días en los que me cuidaste, y me pediste perdón incontables veces. Pero ahora veo claramente; no podías interesarte en cuidar ni amar a nadie porque no te querías ni respetabas un poco a ti mismo, no te importaba que yo viviera lejos ni que eran 8 cuadras de un estrés constante de mirar en cada esquina oscura cuidándonos de asaltantes o violadores, mi barrio nunca fue bueno, y tú lo sabías pero te importaba tan poco que preferías no tomar un bus y menos un taxi.
Y cuando llegaba tarde era siempre tu culpa, contigo sí me sentía la puta que me creías, nos veíamos en tu apartamento y sólo te importaba que yo estuviera dispuesta a hacer cualquier cosa contigo, chúpamela decías, o ábrete el culo que hoy te voy a reventar, y eso es lo que hacías, me hacías daño, siempre y nunca te dije nada, ¡que ciega fui! y ¡Qué egoísta eres! Me arrepiento tanto de haber estado contigo.
¿Por qué no podías dejarme en paz? ¿Porqué yo no podía dejarte? ¿Qué fuerza sobrehumana me retenía a tu lado? ¿Porqué no puedo respirar? Y porqué los ojos se me llenan de lágrimas, porqué me sorbo los mocos y porqué abro los ojos para verte a ti arrodillado a mi lado, pidiéndome las eternas disculpas, con tu no quise golpearte tan fuerte mi amor, dios mío pensé que ya estabas muerta, estabas hablando de tantas cosas que ya pasaron hace tanto tiempo, qué bueno que estás aquí de vuelta conmigo, nunca más volveré a golpearte; pero me has golpeado toda la vida, y el perro que me acompañaba sí era perro, el nuestro, que lamía la sangre que corre del lado izquierdo de mi cabeza, y ese nuestro suena ya tan ajeno al tiempo en que permanezco inmóvil y desnuda en una esquina de nuestra habitación, delirando como tantas otras veces, pero no es como las otras veces, esta vez es diferente, esta vez me separo de ti a tiempo, esta vez la historia cambia y no vuelvo a verte nunca más, cambio de casa y camino al trabajo, tengo una vida normal, por fin logro escapar de ti, aunque sostengas mi cabeza pidiéndome que no muera, jurando no levantarme la mano jamás, ahora es distinto porque un manto gris va cubriendo mis ojos y me va llevando de tu lado, ahora podré estar sola, como en todos mis finales, ahora.
lunes, noviembre 10, 2008
Veinticuatro
Es como la onceaba vez que me siento a escribir, espero que esta vez los ojos me duren abiertos más que la última vez; la última vez fue tenaz… difícil. He intentado otras cosas, como hacer deporte, o salir a caminar, o hacer el amor con mi mujercita, pero es inevitable el sueño, la pesadez de los párpados, esa modorra que puebla mis brazos y que luego se extiende hasta mi cuello y empiezo a cabecear en donde me encuentre, oficinas, buses, parques… dios, qué me está pasando.
Lo más difícil de escribir en este estado es releer lo escrito y que no suene a crónica, o a diario quinceañero; a mi que me gusta editar sobre la marcha para sumar pensamientos y poder decirlo todo -todo, qué palabrita- he tenido que dejar mucho de lo que quiero decir en sacrificio por lo que debe ser dicho, hasta este parafraseo inútil debe quedar así, el tiempo se me acaba y lo sé, lo sé más que mi mujercita cuando prepara mi café de la mañana –y media mañana y tarde y media tarde y noche, bueno antes era así, ahora sólo cuando estoy despierto- y llora en la segunda cucharada, y me lo pone amargo y salado de lágrimas; lo sé más que mis hijos –sanguijuelas de mierda- que vienen día tras día a rogarme por un testamento escrito por ellos en donde, en las letras chiquitas, les cedo mi dinero a cambio de compartir mi vida con cientos de viejos seniles que se mueren de a poco, pero no tan de apoco como yo. Y esta falta de edición, y esta falta de sueño, y esta falta de sinónimos me empuja a escribir así, de un solo tirón, al menos hasta que pueda tener una compilaciónnovelescaperonodenovelamexi cana –como suelo decirle en son de broma a mi esposa- y en son de broma se ríe también aunque sea por condescendencia o pena, pobre mi viejo ya se muere, y eso que tan viejo no soy, cincuentinueve años son sólo cuarenticinco más catorce y a los cuarenticinco se es todavía un niño, aunque es también ochenta menos veintiuno, y a los ochenta ya se va para viejo; a la final creo que no es un asilo en donde me quieren meter mis hijos, sino más bien, bueno sí un asilo, pero mental.
Es bueno empezar a escribir ahora, apenas abro los ojos; y me gustaría narrar cómo el canto del gallo del vecino y el ruido de los niños de la vecina yéndose a la escuela me despertaron, pero son las cuatro de la tarde y con un poco de suerte cuento con una hora para acabar esto, así que me remitiré a lo absoluta, necesaria, indiscutible e irremediablemente necesario –eso no fue necesario, por ejemplo, ni esto.
Fueron las pastillas, sí, fueron las pastillas para dormir, al dejar de tomarlas empezó el problema, lo cual fue un poco extraño porque el caso es que cuando me las tomaba dormía lo normal, cuatro o cinco horas –lo normal para mi-, pero ahora que ya no las tomo cada vez duermo más, y más; y es que esas vainas aletargan ¿no? y como aletargan te da sueño y como te da sueño, pues te duermes; ¿en dónde está el maldito problema, entonces? El problema es que ya no las tomo y me sigo durmiendo. Al principio fue poco, como ya no tomaba esas drogas, pues salía a caminar al centro y me encontraba con la basílica y me quedaba largo rato sentado en el césped viendo el tiempo pasar e imaginándome montando una de esas gárgolas y luego cayendo en picada hasta hacerme bolsas contra alguno de los jubilados que iban, al igual que yo, a perder el tiempo. Eran largas las horas y más largas eran sin las pastillas, pero sentía que mi capacidad de discernimiento volvía, de a poquito, pero volvía, ahora ya podía construir metáforas inteligentes y jugar con los tiempos verbales como en mis mejores años, hasta empecé a ver más cosas, cosas que me hacían sentir vivo pero con ganas de morir… y entonces vino esa visión asociativa. Me explico. No, no me explico, porque explicar podría limitar un poco la narrativa, mejor cuento, que es lo que mejor hago –lo que mejor haces es acostarte y dormir- dice ahora mi mujer. Y empecé a ver a ese niño que, sin una pierna y sin un ojo se subía a los buses a vender caramelos y me quedaba con esa imagen y su –damita damita y caballerito, no quiero interrumpirlo en su conversación o su- y me ponía a pensar en su –si es rico igual se queda y si es pobre de igual manera- desgracia. Percepción, eso es lo que gané y conservo hasta ahora, una percepción más amplia de todo lo que pasa, estuve ciego y he vuelto a ver, estuve sordo y he vuelto a oír, estuve… y la señora que recoge los restos de comida en los basureros fuera de los restaurante, y hasta de las casas, o el hombre que recicla el papel de baño, que limpia la mierda con cuidado para que no queden grumos en el nuevo papel, o los ebrios que en las calles se botan las muelas por otro galoncito de puntas, o de agua loca o de lo que asome, y talvez mi agua loca era el sueño, ese aletargador natural; quería pasar más tiempo dormido para no ver tanta pendejada de mundo mal hecho, al menos esa fue mi deducción. O será simplemente que me muero a plazos, morir es como dormir, en realidad es parpadear una vez y seguir así el resto de la vida, es un sueño cada vez más largo, es.
Sentarse en la cama al lado de una esposa amada durante años (y que ahora duerme, ronca y babea) es algo delicioso, para los poetas, porque esta mujer no excita ni al presidiario más largamente hospedado, y liberado; pero estar sentado ahí me dio tiempo para pensar, y aunque ahora recordarlo es un poco difícil, pensaba que estar despierto sólo me servía para pensar idioteces y para acordarme del niño tuerto y sin una pierna, mierda, es mejor dormir/morir. Y así vi una vez más el amanecer mientras mi esposa me preparaba el café, aún sin lágrimas, pero amargo. Y así vi una vez más el amanecer mientras mi esposa me preparaba el café, aún sin lágrimas, pero amargo. Y así vi una vez más el amanecer mientras mi esposa me preparaba el café, aún sin lágrimas pero etcétera, una tediosa semana de tener más abiertos los ojos me bastó para llenarme la cabeza de ideas socialistas, y empecé a hacer donaciones, invertir mi dinero en orfanatos, en alguna maldita terapia de grupo que me hiciera conciliar el sueño. Y a la final, sin darme cuenta la terapia estaba ahí, en salir a las calles y ver la inequidad, porque ahora esta mierda de insomnio se desdoblaba en mí y me doblaba a mi también porque ahora, para ahorrarme las visiones tétricas de este mundo me mandaba a dormir cada día más –es un método de autodefensa- me dijo mi esposa cuando se lo comenté –tu cuerpo busca defenderte de todas esas visiones tristes en las calles blabla- jódete querida esposa, antes quería dormir y ahora duermo demasiado. La primera semana dormí una hora, una maldita hora cada día; la siguiente semana dos, café con lágrimas en el desayuno, la siguiente tres, café con lágrimas en el desayuno, la siguiente cuatro, café con lágrimas en el desayuno, y es necio seguir contando la manera creciente en la que cada semana permanezco despierto menos tiempo y, autodefensa o no, estoy en mi vigésima tercera semana, así que en una estaré muerto, muerto porque el mundo me mató a plazos, o porque veo demasiado o porque es mejor morir, antes que. O después de que, ya no sé. Al menos ya no salgo de casa, y me evito verlo todo, menos las noticias que mi mujer pone a todo volumen cuando cocina –y que tal vez es peor, porque lo que pasa al otro lado de mi puerta es manejable, pero las muertes por millones al caer bombas y sida y todo, es irremediable. Y este aire de misantropía me está dejando un sabor más amargo que el café, consumido ahora en cantidades industriales por un servidor que duerme mucho y fornica poco y… suena el teléfono y los tiempos verbales parecen confundirme más de lo habitual, el sueño viene de nuevo con esa manta blanca que es un lugar común, y que está mal, porque la manta es negra, pero eso no le importa y viene igual y yo ya no me quiero dormir, porque ahora me toca dormir veintitrés horas seguidas y ya no quiero más lágrimas en el café, porque me lo ponen todo salado. Y la vieja que come en los basureros murió hace poco porque se tragó una gillette, lo digo sólo para no olvidarme que me dio pena la manera en que se me va a morir la vieja, pero me dio envidia porque ella sí dormía lo normal, así que mejor que esté muerta. Y ahora la muerte es una ecolalia en el papel, y… mi amor, mi amor, espero esta vez duermas menos… ya no regalarás nuestro dinero… dios quiera… demasiado, dinero...
Lo más difícil de escribir en este estado es releer lo escrito y que no suene a crónica, o a diario quinceañero; a mi que me gusta editar sobre la marcha para sumar pensamientos y poder decirlo todo -todo, qué palabrita- he tenido que dejar mucho de lo que quiero decir en sacrificio por lo que debe ser dicho, hasta este parafraseo inútil debe quedar así, el tiempo se me acaba y lo sé, lo sé más que mi mujercita cuando prepara mi café de la mañana –y media mañana y tarde y media tarde y noche, bueno antes era así, ahora sólo cuando estoy despierto- y llora en la segunda cucharada, y me lo pone amargo y salado de lágrimas; lo sé más que mis hijos –sanguijuelas de mierda- que vienen día tras día a rogarme por un testamento escrito por ellos en donde, en las letras chiquitas, les cedo mi dinero a cambio de compartir mi vida con cientos de viejos seniles que se mueren de a poco, pero no tan de apoco como yo. Y esta falta de edición, y esta falta de sueño, y esta falta de sinónimos me empuja a escribir así, de un solo tirón, al menos hasta que pueda tener una compilaciónnovelescaperonodenovelamexi cana –como suelo decirle en son de broma a mi esposa- y en son de broma se ríe también aunque sea por condescendencia o pena, pobre mi viejo ya se muere, y eso que tan viejo no soy, cincuentinueve años son sólo cuarenticinco más catorce y a los cuarenticinco se es todavía un niño, aunque es también ochenta menos veintiuno, y a los ochenta ya se va para viejo; a la final creo que no es un asilo en donde me quieren meter mis hijos, sino más bien, bueno sí un asilo, pero mental.
Es bueno empezar a escribir ahora, apenas abro los ojos; y me gustaría narrar cómo el canto del gallo del vecino y el ruido de los niños de la vecina yéndose a la escuela me despertaron, pero son las cuatro de la tarde y con un poco de suerte cuento con una hora para acabar esto, así que me remitiré a lo absoluta, necesaria, indiscutible e irremediablemente necesario –eso no fue necesario, por ejemplo, ni esto.
Fueron las pastillas, sí, fueron las pastillas para dormir, al dejar de tomarlas empezó el problema, lo cual fue un poco extraño porque el caso es que cuando me las tomaba dormía lo normal, cuatro o cinco horas –lo normal para mi-, pero ahora que ya no las tomo cada vez duermo más, y más; y es que esas vainas aletargan ¿no? y como aletargan te da sueño y como te da sueño, pues te duermes; ¿en dónde está el maldito problema, entonces? El problema es que ya no las tomo y me sigo durmiendo. Al principio fue poco, como ya no tomaba esas drogas, pues salía a caminar al centro y me encontraba con la basílica y me quedaba largo rato sentado en el césped viendo el tiempo pasar e imaginándome montando una de esas gárgolas y luego cayendo en picada hasta hacerme bolsas contra alguno de los jubilados que iban, al igual que yo, a perder el tiempo. Eran largas las horas y más largas eran sin las pastillas, pero sentía que mi capacidad de discernimiento volvía, de a poquito, pero volvía, ahora ya podía construir metáforas inteligentes y jugar con los tiempos verbales como en mis mejores años, hasta empecé a ver más cosas, cosas que me hacían sentir vivo pero con ganas de morir… y entonces vino esa visión asociativa. Me explico. No, no me explico, porque explicar podría limitar un poco la narrativa, mejor cuento, que es lo que mejor hago –lo que mejor haces es acostarte y dormir- dice ahora mi mujer. Y empecé a ver a ese niño que, sin una pierna y sin un ojo se subía a los buses a vender caramelos y me quedaba con esa imagen y su –damita damita y caballerito, no quiero interrumpirlo en su conversación o su- y me ponía a pensar en su –si es rico igual se queda y si es pobre de igual manera- desgracia. Percepción, eso es lo que gané y conservo hasta ahora, una percepción más amplia de todo lo que pasa, estuve ciego y he vuelto a ver, estuve sordo y he vuelto a oír, estuve… y la señora que recoge los restos de comida en los basureros fuera de los restaurante, y hasta de las casas, o el hombre que recicla el papel de baño, que limpia la mierda con cuidado para que no queden grumos en el nuevo papel, o los ebrios que en las calles se botan las muelas por otro galoncito de puntas, o de agua loca o de lo que asome, y talvez mi agua loca era el sueño, ese aletargador natural; quería pasar más tiempo dormido para no ver tanta pendejada de mundo mal hecho, al menos esa fue mi deducción. O será simplemente que me muero a plazos, morir es como dormir, en realidad es parpadear una vez y seguir así el resto de la vida, es un sueño cada vez más largo, es.
Sentarse en la cama al lado de una esposa amada durante años (y que ahora duerme, ronca y babea) es algo delicioso, para los poetas, porque esta mujer no excita ni al presidiario más largamente hospedado, y liberado; pero estar sentado ahí me dio tiempo para pensar, y aunque ahora recordarlo es un poco difícil, pensaba que estar despierto sólo me servía para pensar idioteces y para acordarme del niño tuerto y sin una pierna, mierda, es mejor dormir/morir. Y así vi una vez más el amanecer mientras mi esposa me preparaba el café, aún sin lágrimas, pero amargo. Y así vi una vez más el amanecer mientras mi esposa me preparaba el café, aún sin lágrimas, pero amargo. Y así vi una vez más el amanecer mientras mi esposa me preparaba el café, aún sin lágrimas pero etcétera, una tediosa semana de tener más abiertos los ojos me bastó para llenarme la cabeza de ideas socialistas, y empecé a hacer donaciones, invertir mi dinero en orfanatos, en alguna maldita terapia de grupo que me hiciera conciliar el sueño. Y a la final, sin darme cuenta la terapia estaba ahí, en salir a las calles y ver la inequidad, porque ahora esta mierda de insomnio se desdoblaba en mí y me doblaba a mi también porque ahora, para ahorrarme las visiones tétricas de este mundo me mandaba a dormir cada día más –es un método de autodefensa- me dijo mi esposa cuando se lo comenté –tu cuerpo busca defenderte de todas esas visiones tristes en las calles blabla- jódete querida esposa, antes quería dormir y ahora duermo demasiado. La primera semana dormí una hora, una maldita hora cada día; la siguiente semana dos, café con lágrimas en el desayuno, la siguiente tres, café con lágrimas en el desayuno, la siguiente cuatro, café con lágrimas en el desayuno, y es necio seguir contando la manera creciente en la que cada semana permanezco despierto menos tiempo y, autodefensa o no, estoy en mi vigésima tercera semana, así que en una estaré muerto, muerto porque el mundo me mató a plazos, o porque veo demasiado o porque es mejor morir, antes que. O después de que, ya no sé. Al menos ya no salgo de casa, y me evito verlo todo, menos las noticias que mi mujer pone a todo volumen cuando cocina –y que tal vez es peor, porque lo que pasa al otro lado de mi puerta es manejable, pero las muertes por millones al caer bombas y sida y todo, es irremediable. Y este aire de misantropía me está dejando un sabor más amargo que el café, consumido ahora en cantidades industriales por un servidor que duerme mucho y fornica poco y… suena el teléfono y los tiempos verbales parecen confundirme más de lo habitual, el sueño viene de nuevo con esa manta blanca que es un lugar común, y que está mal, porque la manta es negra, pero eso no le importa y viene igual y yo ya no me quiero dormir, porque ahora me toca dormir veintitrés horas seguidas y ya no quiero más lágrimas en el café, porque me lo ponen todo salado. Y la vieja que come en los basureros murió hace poco porque se tragó una gillette, lo digo sólo para no olvidarme que me dio pena la manera en que se me va a morir la vieja, pero me dio envidia porque ella sí dormía lo normal, así que mejor que esté muerta. Y ahora la muerte es una ecolalia en el papel, y… mi amor, mi amor, espero esta vez duermas menos… ya no regalarás nuestro dinero… dios quiera… demasiado, dinero...
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